domingo, 24 de agosto de 2008

En el corazón de El Hatillo se esconde Caicaguana: un pueblo de 200 habitantes que vive como hace un siglo.




No hay escuela, ni ambulatorio, ni agua potable, ni alumbrado, ni transporte y las casas son de bahareque
MIREYA TABUAS
Detrás de la metrópoli de las altas torres de oficinas, de la ciudad abarrotada que inunda el Metro a las horas pico, de la urbe invadida de pobreza en sus montañas, de la capital que construye en cualquier retazo de zona verde; allí, detrás de todo eso y con una vista privilegiada al Avila, está un trozo inédito de la Caracas rural. Una Caracas que se levanta con los cantos del gallo, que come huevos de gallina frescos y mata su propio cerdo para el guiso de las hallacas. Como parte del Distrito Metropolitano, está Caicaguana: un poblado de unos 200 habitantes que permanece con pocos cambios desde hace más de un siglo. Después de pasar las modernas, costosas y cada vez más abundantes construcciones de El Hatillo y la Lagunita, entre el zoológico Expanzoo y la casa-hogar para niños La Colmena, se encuentra la comunidad, que tiene poca visibilidad desde la carretera, pues las casas son pequeñas, están dispersas y rodeadas de abundante vegetación.
La vía principal es de tierra, y de tierra es también el piso de muchas de las casas que fueron construidas desde hace décadas por sus habitantes, utilizando el barro y la madera de la zona. Son casas, muchas de ellas, que ya viven los estragos del tiempo y parecen estar cayéndose a pedazos. La pobreza no permite a sus habitantes darse el lujo de sustituir con ladrillo las paredes desplomadas, así que no les queda sino rehacer parte de sus viviendas con parches de planchas de zinc. Así, algunas de las antiguas casas de bahareque –que parecen sacadas de algún pueblito remoto del estado Apure– se han ido transformando en ranchos.
Gilberto Aponte nació allí y afirma que pertenece a varias generaciones de "caicaguanenses", como se supone se nombra el gentilicio de una comunidad que hasta hace poco no aparecía ni en los mapas. "Mis padres, mi abuelo, mi bisabuelo vivieron aquí, como desde hace 300 años", cuenta, sin tener el cálculo exacto del tiempo. No hay registros o, si los hay, son pocos.
Guarda un diploma de su padre como soldado, cuando el país aún se llamaba Estados Unidos de Venezuela; del resto, algunas fotos amarillentas de sus padres. "Ellos trabajaban tres días para la hacienda y tres días para su propio conuco. Mi abuelo era el arriero", explica y se le hincha el pecho del orgullo.
Perdidos en la urbe.
Hasta 1960, en la zona funcionó una hacienda de café; hasta 1983, fue una cochinera, más adelante han ido creciendo urbanizaciones y se perdió esa fuente de empleo. Ahora, la mayoría de los hombres trabaja en el sector construcción. Ellos son la mano de obra de las lujosas edificaciones de los alrededores. Muchas de las mujeres hacen los oficios del hogar en las casas de La Lagunita. El campo tampoco es el medio de vida de Gilberto. Él conduce un autobusete en El Hatillo, sin embargo, tiene su plantación de aguacate, mango, cambur, naranjas y otras verduras y frutas; además, cría cochinos, conejos y gallinas. Gran parte de la alimentación de la familia se basa en su propia producción. Tampoco falta en su terreno un gran patio para jugar bolas criollas, un juego que practican muchos en sus ratos libres. Las puertas siempre están abiertas, sólo los perros se ponen alerta ante la llegada de extraños. Gilberto, como otros vecinos, además es artesano, y hace cestas con bejuco que se venden en algunas tiendas de la zona colonial de El Hatillo.
Ahora tiene luz en su vivienda. Su cercanía con la casa hogar La Colmena le proporciona este servicio, pero supo lo que era alumbrarse con velas.
Como en todas las otras casas, en la suya faltan muchas cosas, pero lo que sí resulta imprescindible es el televisor de 13 pulgadas. Agua no tiene, como no tiene ninguno de los habitantes de Caicaguana. Antes tenían su propio manantial, con el que se surtía toda la comunidad, pero las nuevas construcciones hicieron que se secara la fuente que los proveía del líquido. Ahora tienen que comprar agua en camiones. Algunos, como María Elena Guía, aprovechan cualquier gota que deje disponible la naturaleza. Ella hizo un canal en su techo de zinc, de modo que la lluvia baje directo a un pipote. Gilberto cocina con gas, algunos aún usan la leña. El también guarda madera cortada, pues si se acaba el combustible tendrá que echar una caminata de unos cuatro kilómetros hasta llegar al contacto con la civilización más cercano: el centro comercial Terrazas de la Lagunita. A Caicaguana no llega transporte alguno. Unos pocos vecinos tienen motos, casi nadie posee carro, la mayoría sólo cuenta con sus dos piernas para ir y venir: dos horas en subida hasta el centro comercial para tomar el carrito. Y si es de noche, les toca movilizarse desde El Hatillo, a unos 8 kilómetros. Por eso los tiempos pueden hacerse largos para estos vecinos. Eso no le ha quitado el ánimo a María Elena Guía, una líder comunitaria que estudia tercer semestre de Derecho de noche en la Misión Sucre. Al terminar las clases, luego de las 9:30 pm, emprende un recorrido de 2 horas y media hasta llegar a su casa a medianoche. "Hago ejercicio", justifica con gracia y sin lamentarse. Como no hay alumbrado público, tiene que caminar en total ceguera por toda esa oscuridad.
Aponte y Escobar. La educación de estos vecinos parece no haberle importado a ningún gobierno. No hay escuela ni liceo; ni siquiera un preescolar. Por años, los muchachos no se escolarizaban por la dificultad de llegar a los centros de estudio más cercanos, que quedaban en El Hatillo. Ahora los niños tienen un transporte que les proporcionó la Gobernación de Miranda que permite que la gran mayoría vaya a clases. Pero a sus padres y abuelos no les entusiasmó retomar sus estudios cuando llegó la Misión Robinson, que tuvo poca vida en la zona. La gente llegaba demasiado cansada para dedicar la noche a leer y sacar cuentas. No hay medicatura ni ambulatorio en la zona. Cuando alguien enferma debe ir a El Hatillo. Como María Elena es enfermera graduada, ha ayudado a algunas de las mujeres de la zona a dar a luz. "Una de las mujeres estaba en trabajo de parto cuando llegué y tenía el niño guindando, yo le hice la limpieza y después la llevamos a la maternidad; otra no expulsaba bien, entonces le di agua de canela para ayudarla en el trabajo de parto. La limpié, le hice curetaje y luego la llevamos al dispensario de El Hatillo, donde firmaban la constancia del parto. Ahora ya no la firman; las mujeres tienen que parir a juro en la maternidad".
María Elena vive desde hace 22 años en Caicaguana porque se casó con Ricardo Escobar, perteneciente a una de las dos familias de mayor arraigo en la zona. Allí el que no es Escobar, es Aponte (como Gilberto); el que no es Aponte, es Escobar.
Los Aponte se ubican en la parte baja y los Escobar en la alta. La casa que no es del primo es del tío, del hermano, de la madre, del abuelo o de la sobrina. Hasta hace poco, era raro el que se casaba con alguien de otro lugar. María Elena tuvo seis hijos y ahora se dedica a las labores del hogar y a la actividad comunitaria. Antes, cuando trabajaba en el hospital Pérez de Léon de Petare, debía levantarse a las 3:00 am para entrar al turno de las 7:00 am. Su casa tiene una pared hecha con piedras de los alrededores. El resto es pura madera y parte del piso es de tierra. Tiene un baño con poceta, pero no todos tienen ese lujo, muchos utilizan letrina, otros hacen sus necesidades en el monte. Ni María Elena ni Gilberto son dueños de la tierra, que es propiedad municipal; sin embargo, no han pensando en mudarse para otro sitio. Como no lo han hecho, casi ninguno de los Aponte ni de los Escobar. Gilberto tiene la respuesta: "De donde uno nace no quiere despedirse".
La gente de Caicaguana está consciente de la modernidad que les rodea y a la que no tiene acceso, por eso han introducido varios proyectos para comenzar a mejorar los servicios de la zona. Pocas han sido las respuestas de los entes oficiales, según explica María Elena Guía, coordinadora del Comité de Tierras.

Alumbrado público y carretera: Proyecto presentado a Petróleos de Venezuela, sin respuesta. La Alcaldía de El Hatillo tenía en presupuesto los recursos para la mejora de la vialidad, pero no los ha dirigido hacia la comunidad.
Viviendas: La Alcaldía Mayor sustituyó tres casas que estaban muy deterioradas por unas nuevas, pero otras 10 las dejó a medio hacer. Otro proyecto fue presentado ante la Gobernación de Miranda para reconstruir 14 viviendas que están cayéndose.
Agua: Se introdujo un proyecto en la Gobernación de Miranda para canalizar manantiales cercanos, pues el que surtía a Caicaguana se secó. Aún no está aprobado.
Salud y educación: Solicitaron un pequeño dispensario a la Alcaldía de El Hatillo, pero no han obtenido respuesta. A la Gobernación de Miranda le pidieron una cancha. No han introducido un proyecto de escuela.
Transporte: La línea El Calvario se ofreció a llevar transporte a la zona en las horas pico.
El alcalde de El Hatillo no firmó el permiso.