miércoles, 29 de julio de 2009

MAS BLACKBERRY, MENOS PROZAC



Esto se lo dedico a mi en particular, por mi aficción al BB y a todos mis amigos y amigas que sufren de los mismo.
Más Blackberry, Menos Prozac
Muchas especies levantan la patica y dejan su marca de fábrica contra un árbol o una pared. Así marcan territorio. O envían cifrados mensajes eróticos. El ‘bobo sapiens’ de Internet marca territorio a través de su Blackberry (BB).
Algo próximo al orgasmo experimentan quienes se despiden “desde mi Blackberry”. Sofisticada manera de notificar que integran el exclusivo estrato seis de la aldea global.
Facebook y el celular, otros íconos de la modernidad, habían dejado cierto resquicio de intimidad. BB acabó con ella. BB es la intimidad de su dueño.
Es su otro yo. Álter ego inalámbrico, que pone el mundo en la punta de sus dedos. Blackberry es la soledad que uno escoge. (El técnico César Luis Menotti lo dijo del cigarrillo. Perdón por la clonada.) Noticias, entretenimiento, comunicaciones, correos electrónicos: todo está al alcance de los dedos. El mundo dejó de ser un pañuelo: se redujo a un clic.
En Estados Unidos y Canadá, donde lo inventaron en 1999, se llenan de dólares profesionales expertos en achaques de los pulgares, los encargados de activarlos. Desde que apareció la especie humana, nunca el pulgar había sido tan protagónico. Vive sus warholianos 15 minutos de fama. Adiós, anonimato. Tener averiado el túnel metacarpiano se ha convertido en signo de caché.
Si los siquiatras y demás profesionales que hurgan en los intríngulis del alma no quieren quedarse atrás, deberían tener acceso al BB. Allí está toda la película. No necesitan regresiones ni yerbas afines para devolver a sus pacientes al origen de sus complejos. A Edipo y a Electra se puede llegar a través del BB.
Las mujeres saben ya quién es “la otra”. Cabe en el bolsillo. No tiene mirada felina ni caderas desafiantes. Tampoco se gasta la quincena en silicona. Tiene iniciales de mujer fatal: BB. Una rival difícil de derrotar.
Y de interferir, salvo que al dueño le dé por poner el nombre de su mascota como clave de acceso al cachivache.
Los “blackberrianos” no existen sin ese apéndice. Son ellos y su BB. Tan pronto encienden el tirano de bolsillo, desaparece su entorno. Adiós amor, hambre, religión, sexo, sueño. Más BB, menos Prozac, es la contradictoria divisa.
Millares de la aldea no dan un paso sin su iPod conectado al cerebro. Y sin su BB al cinto. Tiene remplazo la vieja Colt de los vaqueros del Oeste.
En medio de la conversación deslumbrante, el sujeto se acuerda de su BB y adiós cháchara. Cualquier placer –por más horizontal que sea– pasa al cuarto de san Alejo si llegó la urgencia de consultar a su majestad el correo electrónico.
Hasta el presidente Obama cayó rendido a sus pies. Accedió a gobernar el mundo sólo cuando los gorilas de la CIA y el FBI decidieron conservarle el juguetico. Así se mantiene a salvo de asesores lagartos que le cuelan el viento. Y la información.
El venezolano Carreño, el de la urbanidad, estaría proponiendo un decálogo mínimo para tiempos del BB. Este podría ser el borrador: –No llevaré mi BB en mi día de descanso.
–No dormiré con él en la mesita de noche (irradia ondas nocivas).
–No saldré a rumbear con él para evitar enviar mensajes en lugar de tomar trago. O perder la oportunidad de hacer un levante.
–Consultaré BB solo en horas de oficina.
–Jamás pondré a BB en la mesa del restaurante, en algún almuerzo de trabajo.
No lo llevaré a un matrimonio, una primera comunión o a la prosaica corrida de un catre. No osaré consultarlo un “momentico” mientras mi interlocutor queda convertido en carne de alzhéimer.